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Triste y Azul

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Reivindicación de la cantaora María Vargas
Manuel Ríos Ruiz



En el Tablao De María de Marbella, se le HA RENDIDO un homenaje a la cantaora sanluqueña María Vargas, que vuelve por su fueros después de una temporada apartada de la vida artística por razones familiares. Y realmente María Vargas merece, por su triunfal trayectoria y su calidad flamenca, una reivindicación. Recordemos que allá en mil novecientos cincuenta y nueve, siendo una adolescente, triunfó en Jerez, al tomar parte del festival en honor de Manuel Torre y Javier Molina, organizado por la Cátedra de Flamencología en el Teatro Villamarta, alternando con Antonio Mairena y Juan Talega, que quedaron prendados de su voz y de su conocimiento de los estilos.

El mismo año obtuvo un premio en el Concurso de Córdoba y Manolo Caracol la contrató para su Tablao Los Canasteros, ganándose para siempre a la afición de Madrid. Y por todos los tablaos madrileños ha puesto de relieve su jondura. Volvió a Jerez, en mil novecientos sesenta y nueve, para ser reina de los I Juegos Florales del Flamenco y para recoger la Copa Jerez, otorgada por la Cátedra, que andando el tiempo, en mil novecientos noventa y nueve, le entregaría el Premio Nacional de Cante. Galardones a los que hay que sumar otros como los madrileños I Premio Tío Luis de la Juliana de la Universidad y el Cabal de Plata del Círculo de Bellas Artes.

No es de extrañar que haya sido tan premiada, porque María Vargas es la cantaora más larga de hoy, dominadora de toda la euritmia y de todo el acervo musical andaluz. Es la maestra que dicta sintiéndola su lección cada vez que aparece ante el público, con su voz conmovida y romántica, en la que de repente cruje el eco lastimero de su ralea desde el alma, al decir sus tangos, sus fandangos, sus cantiñas o sus bulerías… Y sobre todo sus soleares y sus siguiriyas, como siguiriyera no tiene paragón, es la maestra viva de este dramático estilo.

Existe un soneto titulado “María Vargas”, publicado en varias ocasiones en revistas culturales. Lo escribió este firmante, allá en los años sesenta. Dice:

“Pura tanagra o ángel penitente.
Sembradora de lirios por la vena.
Con su estirpe de sangre, con su pena
de suspiro gitano tan doliente.
Aljibe del misterio de su gente
es su pecho tronando su condena.
¡Carámbano de sal para su almena
de princesa morena del relente!
Yo quiero oírle, luego, recordarle,
gozar su voz con labios en el alma.
Y espíritu y paloma, ya sin calma,
revolando en la flor de la tristeza,
es el cante que nimba su belleza”.




 

   

 

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